Aquel verano de 2012 en el que Nina Kraviz enamoró a Ibiza



Durante aquel verano Nina Kraviz descubrió Ibiza y se enamoró de ella. Nuestras conversaciones se basaban en explicarle lugares que visitar y leyendas sobre Ibiza y su diosa Tanit.

Los que hemos nacido guapos como un potosí sabemos mejor que nadie lo que es sufrir porque nuestro bello rostro y escultural cuerpo, más que una ventaja en nuestras aspiraciones, es un lastre que socava nuestro talento, eclipsado por nuestro ADN mezcla de Adonis y Afrodita. Ese bullyng estético, ese estigma injustificado, no me cabe duda que en algún momento lo ha sufrido una de las DJs más inclasificables de la escena techno, Nina Kraviz, cuya incuestionable belleza desvió en sus comienzos la atención de la calidad de su música. Pero ella ha seguido erre que erre demostrando que en el clubbing, ciegos son aquellos que ven y no escuchan.

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En el verano de 2012 Ibiza vivía bajo la influencia de un eclipse de felicidad. La llegada del Mesías del techno resultó todo un acontecimiento. ¿Recordáis la escena de la vida de Jesucristo cuando entra en Jerusalén montado en un borriquito y la muchedumbre le recibe con gritos de osana y blandiendo ramas de palma? Pues algo así le pasó a Richie Hawtin con su fiesta ENTER en la isla blanca. Pocas veces se ha visto un ambiente tan positivo, un equipo de trabajo con tantas ganas de cambiar las cosas y unos DJs tan entregados a una propuesta que apostaba por derribar los cimientos de lo establecido. Muchos de ellos triunfaron aquella temporada. Los momentos mágicos se sucedían día tras día. Pero si existe una artista que puede hablar de un antes y un después en su carrera, sin duda es Nina Kraviz.

Cuando me comentaron que tenía que ir a recoger a una tal Nina Kraviz al aeropuerto, honestamente no sabía muy bien quién era. Había oído hablar de una rusa que estaba llamando la atención, pero no era capaz de ponerle cara. Así que les pregunté a mis colegas más entendidos, y su respuesta fue: «¿Podemos acompañarte?». En sus ojos descubrí el instinto primario, ese con trazas de lascivia, así que decidí echarle un vistazo al computer para descubrir por qué mis techno amiguetes no paraban de repetir: «Es que está muy buena». No me fiaba porque en aquella época estaba de moda en las discotecas de medio pelo programar fiestas con DJs siliconadas, mayoritariamente de Europa del este, donde los escotes trataban de enmascarar a la música, una utilización perversa de la mujer que por suerte parece un poco más olvidada hoy en día.

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Mientras esperaba en la terminal de llegadas del aeropuerto de Ibiza mi cabeza fantaseaba sobre cómo iba a ser la entrada de Nina. Las fotos que había visto mostraban a una chica glamourosa pero desde la sencillez, con medidas de modelo de pasarela y mirada penetrante. Pero me costó reconocerla cuando traspasó la puerta de seguridad, vestida con un chándal de terciopelo negro, con la capucha puesta, y con parte de su cabello cubriendo sus enormes gafas de sol. Al ver su evidente cansancio cogí su maleta y la acompañé al coche sin pronunciar una palabra. Salimos del aeropuerto en silencio. No quería perturbarla ya que la pobre estaba acurrucada en una esquina del asiento trasero, pero a los pocos metros me pidió que le pusiera un poco de música. Busque en el USB algo que pudiera encajar con aquel momento y me decidí por el Duquesne Whistle de Bob Dylan. Ella sonrío y cerró los ojos.

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No volví a saber de ella hasta la llegada de la noche. Charlaba con el botones del Ocean Drive esperando a que bajara de su habitación para trasladarla a Space, y ansioso no paraba de mirar el reloj, porque ya llegábamos media hora tarde. Una Nina Kraviz muy diferente a la que me encontré en el aeropuerto bajaba las escaleras arrastrando su maletín de DJ, perfectamente peinada, maquillada, taconazos y con un estrecho vestido que hizo atragantarse al botones. Mientras avanzábamos a toda velocidad por la carretera ella terminaba de retocarse, utilizando el espejo retrovisor para perfilar sus labios y cubrirlos de carmín rojo. Y yo pensaba: «Pero qué hace esta mujer, dónde cree que va».

Los prejuicios estúpidos y machistas en los que de vez en cuando caemos, inconscientemente, se presentaron de nuevo, pero siendo aquella DJ una apuesta personal de Richie Hawtin había algo que me perdía. Así que decidí escuchar su sesión para poder emitir un veredicto argumentado. Aquella noche en la Main Room pinchaban Richie Hawtin, Mathew Jonson (live), Paco Osuna y Hobo, mientras que en La Terraza Nina Kraviz actuaba junto a Guy Gerber (live), Nick Curly, Edu Imbernon y Remo. Puede que la procesión fuera por dentro. Por fuera no se advertía ni un atisbo de nervios. Nina, desde su aparente frialdad, hizo desaparecer las dudas sobre su capacidad delante de una mesa de mezclas hipnotizando a una sala abarrotada. Me sorprendió. Una vez más equivoqué mi juicio, así que decidí felicitarla cuando llegara al coche para llevarla de regreso al hotel. Pero no tuve oportunidad, ya que misteriosamente desapareció junto a Gerber y a varios miembros del equipo de ENTER para celebrar un after improvisado en alguna localización perdida.

Durante aquel verano Nina descubrió la isla y se enamoró de ella. La mayoría de nuestras conversaciones en los traslados se basaban en explicarle lugares que debía visitar y leyendas sobre Ibiza y su diosa Tanit. También se hizo fija del restaurante Sa Caleta, ya que pese a nacer en Siberia, su mayor pasión culinaria era el pulpo a la gallega. Ese flechazo ibicenco se trasladó a su música, y a su sonrisa, que se agigantaba cada vez que entraba por la puerta trasera de Space; comenzaba a infectarse del espíritu de la isla.

Un día, tras una de sus actuaciones pasó algo extraño: quería llegar pronto al Ocean Drive. Normalmente se quedaba divagando sobre música, hasta el punto de prácticamente tener que forzarla a entrar en el coche. Mientras circulábamos hacia el hotel me comentó que su novio (Ben Klock) la estaba esperando en la habitación, que hacía semanas que no le veía, y me pidió que le pusiera una canción que la inspirara para hacer el amor nada más cruzar la puerta. Tras un segundo de duda el Kick Out the Jams de MC5 comenzó a retumbar por los altavoces mientras ella miraba el paisaje de Marina Botafoch.

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Nina exprimió las noches de aquel verano como una campeona. En cada actuación entregaba el 100% de su cuerpo de palo como si fuera la última, sin importarle los miles de corazones rotos que iba dejando por el camino, centrada en su música, en su extravagancia y en un halo de divismo cool. El final del verano llegó, y su última actuación también, y por primera vez una pequeña mueca de tristeza apareció en su rostro. No quería que aquello se terminara nunca, quería prolongar aquella sensación de plenitud lo máximo posible. En ese último traslado al hotel no hubo música, hablamos de la temporada, de las ganas que tenía de repetir con ENTER y de actuar en la isla muchas más veces el año próximo. Cuando paramos el coche en el parking del Ocena Drive me comentó: «Me gustaría ir a una playa, quiero darme un último baño en Ibiza». Tras una jornada maratoniana, lo que menos me apetecía es complacer el capricho de un DJ, pero por suerte Talamanca quedaba solo a unos cuantos metros. Llegamos a la playa, bajó del coche como una colegiala el primer día de vacaciones, se quitó los zapatos al llegar a la arena y se introdujo lentamente, completamente vestida, en un mar Mediterráneo repleto de destellos de estrellas.

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Nunca más he vuelto a coincidir con Nina. Desde la distancia he seguido su trayectoria meteórica durante estos años hasta conseguir ser reconocida como un referente de la escena electrónica y una habitual de las fiestas techno más prestigiosas. Ha cumplido el sueño de cualquier DJ, desde su extravagancia ha sabido labrarse una carrera y ha conseguido desterrar la percepción machista de que simplemente se trataba de una «cara bonita». Y todo comenzó aquel verano de 2012, el verano del eclipse, en el que Nina Kraviz enamoró a Ibiza.

Origen: Aquel verano de 2012 en el que Nina Kraviz enamoró a Ibiza

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